CRÓNICA DE LA DESPEDIDA: 6-12 de marzo de 1940
Los ultimos dias y la ultima Hora de Don Orione. Trad. del texto del P. Flavio Peloso por P. Gustavo Valencia.
P. Flavio Peloso – Trad. Gustavo Valencia
www.messaggidonorione.it – 6-12 de marzo de 2026
CÓMO VIVIÓ EL 6 DE MARZO DE 1940, A UNA SEMANA DE SU MUERTE
La fiesta de San Marziano, fundador y patrono de la diócesis de Tortona, se celebra el 6 de marzo. Don Orione le tenía una gran devoción.
En aquel 6 de marzo estaba reducido a un verdadero “despojo”, después del segundo ataque cardíaco del 9 de febrero y de la complicación pulmonar que lo mantuvo durante muchos días en cama.
Retomamos la crónica del diario de Don Adriano Calegari.
“A LAS 4:30, cuando estaba por entrar a la capilla para la meditación, Don Orione me hizo llamar. Fui a la habitación del reloj y lo encontré en la cama. Me dijo:
‘Escucha, deberías hacerme una gran caridad. Hoy es la fiesta de San Marziano. Siento el deseo de hacer una visita a la urna del Santo, en la Catedral. Ve a buscar el automóvil’.
Me hizo notar que a esa hora sería mínima la afluencia de fieles y él podría hacer sus devociones con mayor libertad.
Lo llevé a la Catedral y fue a postrarse verdaderamente a los pies de la urna del Santo; allí, absorto en una profunda y humilde oración, permaneció durante varios minutos.
Cuando se levantó, salió de la iglesia pasando por una de las naves laterales y volvió a subir al automóvil. Cuando estaba por ponerlo en marcha, me dijo con el mismo tono de antes:
‘Escucha, ya que estamos aquí, llévame donde la Virgen (a San Bernardino)’.
En poco tiempo llegamos al santuario pasando por la vía Emilia, todavía desierta. Hizo detener el automóvil frente a la segunda puerta lateral, del lado del canal. Don Orione subió con dificultad los pocos escalones y, dirigiéndose al extremo derecho de la balaustrada del altar mayor, se arrodilló por unos instantes en oración.
Los clérigos de la sacristía apenas alcanzaron a besarle la mano cuando él ya estaba saliendo.
De regreso a la Casa Madre, Don Orione entró y lentamente subió las escaleras que conducen a la dirección. Antes de subir los peldaños que llevan al rellano del Crucifijo, se dio cuenta de que el canónigo Perduca lo esperaba sonriente frente a la puerta de la economato, manifestándole su sorpresa.
Don Orione, que hasta entonces había caminado con dificultad y totalmente encorvado, se enderezó con energía y, con voz decidida, dijo:
‘¿Qué creen? ¿Que yo soy un enfermo? Estoy mejor que ustedes’.
Y acompañó sus palabras con un gesto del brazo”.
Contento.
POR LA MAÑANA, Don Orione celebró la Misa para la comunidad y habló de San Marziano, agregando algunos recuerdos personales de su vida.
“Cuando no había más que el primer pequeño grupo de muchachos en San Bernardino… el maestro Perosi hizo cantar en aquel primer año y luego también en los siguientes estas palabras musicalizadas por él:
Filios tuos, Marciane, ne deseras!
¡San Marziano, no abandones, no olvides a tus hijos!
También yo, esta noche y luego esta mañana, cuando tuve la consolación espiritual de ir a la Catedral, abrí mi corazón y también mi voz, mi canto, para pedir al Señor que acogiera la voz y el canto de todos aquellos hijos de la Congregación que estuvieron allí y que rezaron a San Marziano.
Hoy, cuando estén allí delante de la urna que recuerda a los tortoneses a su primer Obispo y mártir, cada uno de ustedes rece a San Marziano para que desde el cielo vuelva su mirada hacia nosotros, para que quiera obtenernos de Dios la gracia de ser hijos no indignos de su martirio, no indignos de su fe.
Los Hijos de la Divina Providencia deben ser fuertes e intrépidos en todo, pero especialmente en la fe, en el espíritu de sacrificio, si es necesario, hasta la muerte, hasta el martirio, hasta hacer de nuestra vida una hostia viva para Dios, un holocausto para Dios y para la Iglesia”.
AL MEDIODÍA, Don Orione bajó al refectorio para almorzar con los confratres. Sobre la mesa, delante de él, con un gesto de afecto, le habían puesto la antigua estatua de la Virgen de la Divina Providencia, la del primer pequeño colegio, la que vio el nacimiento y el crecimiento de la Congregación.
Don Orione agradeció aquel gesto.
Durante el almuerzo, en un momento determinado, los clérigos sacaron de detrás de la silla los instrumentos de la banda e interpretaron algunas piezas. Don Orione estaba visiblemente conmovido y trataba de acompañar el ritmo con el movimiento de la mano.
Durante ese almuerzo, que fue el último en el Paterno, también se tomó una fotografía que es prácticamente la última foto de Don Orione; se lo ve con el rostro marcado por el sufrimiento, pero vivo y amable.
CÓMO VIVIÓ DON ORIONE EL 9 DE MARZO, A 3 DÍAS DE SU MUERTE
El sábado 9 de marzo es el día de la partida de Tortona hacia Sanremo.
Por la mañana, mientras se vestía, Don Orione comentó a Zambarbieri:
“Pobre mi sotana, ya no puede más, como mi vida”.
Celebra la Misa de la comunidad y distribuye una vez más la Comunión a todos. Lo hace apoyando el codo izquierdo sobre la mesa del altar, sin moverse.
Luego va donde don Gatti:
“Deseo hacer mi confesión, una confesión ad mortem”.
Regresa nuevamente a su habitación; cuando sale de ella, entrega la llave al encargado, el clérigo Costanzo Costamagna. Con la llave le entregó también cierta suma de dinero, sin contarla como hacía cada día, más abundante que de costumbre, y le dijo:
“Después te darán otros…”.
Don Orione baja de su habitación. En el pasillo están alineados en dos filas sacerdotes y clérigos profundamente conmovidos; él sonríe a todos y apresura el paso, visiblemente emocionado.
Don Calegari, que lo esperaba con el automóvil, recuerda:
“Pidió a los clérigos que se retiraran, quizá porque no quería escenas en la vía pública y quizá también porque su presencia le causaba pena. Don Sterpi, en cambio, seguido por los sacerdotes, se acercó al automóvil visiblemente conmovido. Se intercambiaron los últimos saludos y el auto se alejó lentamente”.
En la estación ferroviaria de Tortona, mientras esperaba el tren, llegaron corriendo don Pigoli y los diáconos que venían desde la catedral, donde habían sido ordenados precisamente en las primeras horas de esa misma mañana. Don Orione los bendijo, sonrió y los despidió con cierta timidez, no queriendo que se llamara la atención sobre su persona.
Cuando se dio la señal de llegada del tren, Don Orione se levantó y, saliendo al andén, al ver a un fotógrafo que lo estaba esperando para retratarlo, logró eludirlo con una hábil maniobra y sólo fue captado de pasada.
Quedó tiempo para las últimas miradas y despedidas. Se esforzaba por sonreír, pero se transparentaba el sufrimiento de Don Orione en aquella despedida extrema de todas las personas y cosas más queridas. Subió al tren. Lo acompañaba el clérigo enfermero Modesto Schiro, quien ahora nos cuenta cómo ocurrió.
El viaje hacia Sanremo
“El tren estaba llenísimo. Encontramos un lugar para él en un compartimiento de ocho personas, de aquellos con bancas de madera, para fumadores. Ya había siete personas; él fue el octavo. Yo me quedé afuera, de pie. El tren se puso en marcha.
Después de un rato Don Orione sacó de una pequeña maleta, que había llevado consigo, un montón de correspondencia; tomó su pluma estilográfica y se puso a responder cartas.
Se cambió de tren en Génova. Llegamos a Sanremo a las 14:30.
En la estación no había nadie esperándonos. Nos habían esperado durante dos días y habían ido a esperar el tren dos veces; luego habían dejado de hacerlo precisamente el día de nuestra llegada. Ya no nos esperaban. Don Bariani, que había salido de Tortona en automóvil, pensaba llegar a la estación antes que el tren, pero por varios imprevistos llegó con bastante retraso.
Al salir de la estación, un coche-taxi nos llevó a Villa Clotilde.
La llegada a Villa Santa Clotilde
Frente a Villa Santa Clotilde bajé del coche y Don Orione me hizo una señal para que llamara a aquella característica puerta. No venía nadie. Continué llamando y finalmente llegó una religiosa.
Al ver a Don Orione cayó de rodillas:
“No hay nadie en casa”.
Y Don Orione respondió:
“¡Bien! ¿Ves cómo reciben a Don Orione? Nadie en la estación, nadie aquí”.
Y sonreía feliz.
“Padre —dijo la hermana— han ido todas al santuario de Bussana”.
Entramos y fuimos a la iglesia a hacer una visita. Luego fuimos a la sacristía: había un hermoso cuadro de Don Orione. Don Orione se puso serio:
“Quita, quita enseguida, quita esa cosa de ahí”.
No sabía qué hacer; finalmente me decidí y di vuelta el cuadro, dejándolo con el rostro hacia la pared.
Luego Don Orione entró en la casa, se acomodó en el locutorio y se puso a trabajar, sacando de la maleta las cartas ya escritas y otros papeles.
La habitación de Villa Santa Clotilde ya estaba preparada. Yo tomé la correspondencia para enviarla y salí, tanto para despacharla como para ir a San Romolo a avisar a don Severino Ghiglione que Don Orione había llegado.
Don Ghiglione, con algunos asistentes del Instituto San Romolo, corrió a Villa Santa Clotilde para saludar al Padre. Mientras tanto llegó también don Bariani con su automóvil. Llegaron también las hermanas. Se disculpaban.
“Nada, nada”, sonreía Don Orione, “ya nos hemos acomodado. Estamos bien así. No hace falta nada”.
Estaba contento.
La noche
Llegó rápidamente la noche. Fui a encender la luz, pero no había electricidad. Quizá una avería.
Y Don Orione dijo:
“¡Bien, bien, muy bien! ¿Has visto? ¡También ésta!”.
Y nos sonreía… Era evidente que quería estar alegre y mantenerme también alegre.
En la pared de la izquierda, frente a la cama, había una repisa con una pequeña estatua de yeso de la Santísima Virgen. Delante de ella ardía, en un vaso, un pequeño resto de vela de cera, que daba una tenue luz temblorosa.
“Ven, ven”, me llamó. Puso su mano sobre mi hombro:
“Mira, ¿no te parece una cámara mortuoria?”.
“No, no, es porque esta noche no hay luz…”.
Y él, sonriendo:
“Pero está bien, está bien; ¡todo está muy bien!”.
Cenamos juntos en el locutorio; pero antes habíamos rezado juntos el santo Rosario, con todas las oraciones de la Congregación.
Terminada la cena, fuimos a la iglesia para las oraciones de la noche; él mismo las dirigía. Luego, hacia las nueve, nos retiramos a la habitación.
“La noche transcurrió tranquila: durmió bien.”
CÓMO VIVIÓ DON ORIONE EL 10 DE MARZO, A TRES DÍAS DE SU MUERTE
Había llegado a Villa Santa Clotilde de Sanremo el sábado 9 de marzo de 1940. Pasó el domingo 10 de marzo como un buen religioso, entre prácticas de piedad, vida comunitaria, algunas visitas y mucha correspondencia.
POR LA MAÑANA, “Don Orione se levantó hacia las seis, quizá un poco antes. Y así lo hizo durante los tres días que pasó en Sanremo —cuenta Modesto Schiro, el clérigo enfermero—. Rezamos juntos el Ángelus, las oraciones al levantarnos. Luego fuimos a la iglesia; él mismo dirigió las oraciones reglamentarias de la mañana y después hicimos cerca de media hora de meditación. Él mismo leyó la Preparación para la muerte de san Alfonso.
Terminada la meditación, pasó a la sacristía, se revistió y celebró la Santa Misa para la comunidad; pero ya se había corrido la voz de que había llegado, y a la iglesia acudieron unas cincuenta personas, especialmente señoras, benefactoras.
Después de la Santa Misa fue a su banco en la iglesia para hacer la acción de gracias; primero de rodillas, luego sentado. Rezaba profundamente recogido, con los codos apoyados en el respaldo del banco y el rostro entre las manos.
Después de media hora aproximadamente, estaba listo el desayuno: café, leche y algunas galletas.
“No, un poco de pan; el pan hace falta, es más sustancioso. Hubo un tiempo en que ni siquiera teníamos pan”.
Y en efecto tomó un poco de pan y una taza de café con leche, comenzando y terminando con la señal de la cruz.
Luego las hermanas me avisaron que había gente que quería hablar con Don Orione, y él recibió a algunas personas.
Terminadas las visitas, se puso a trabajar en su habitación hasta la hora del almuerzo. Pasó horas y horas en la mesita despachando correspondencia.
De vez en cuando lo veía interrumpirse:
“Jesús, Jesús”.
Quedaba un momento absorto en oración y luego la pluma volvía a correr.
A LAS DOCE rezamos juntos el Ángelus; luego pasamos al locutorio para el almuerzo. Después fuimos a la iglesia para la Visita al Santísimo: también estaban las hermanas que lo habían esperado.
Al salir de la iglesia insistí para que no retomara inmediatamente el trabajo, sino que descansara un poco.
“Pero dime —respondió—, deja eso; descansaremos en el Paraíso”.
Escribió otras cartas y me envió a echarlas al correo. El día anterior (9 de marzo) me había hecho enviar unas quince cartas; hoy, entre la mañana y la tarde, envié dieciocho o diecinueve.
A ratos dejaba los lentes sobre la mesa y se cubría el rostro con las manos. Pienso que en esos momentos rezaba; era una interrupción del trabajo para dirigir el pensamiento a Dios.
“¡Oh Jesús, oh Jesús!” era la jaculatoria que más repetía.
POR LA TARDE recibió aún algunas visitas. Vinieron don Enrico Bariani, don Severino Ghiglione y algunos otros.
Cuando comenzamos a rezar el Rosario, yo esperaba que se sentara. Pero él se arrodilló; entonces yo también me arrodillé y así rezamos el Rosario, con las oraciones acostumbradas que se añaden en la Congregación.
Cenamos hacia las siete; también estaba don Bariani. Don Orione mantenía la conversación alegre y serena.
DESPUÉS DE CENAR pasamos a la iglesia para rezar las oraciones de la noche; luego don Bariani nos dio las Buenas Noches y se retiró; también nosotros nos retiramos. Don Orione trabajó un poco en su mesa, después se acostó y leyó un poco de la vida de san Francisco. Media hora después aproximadamente apagó la luz y durmió tranquilamente.
El día había sido para él uno de los habituales: de trabajo y de oración; había hablado lo necesario y callado mucho. Su actitud era serena y alegre, y de vez en cuando alguna frase en tono de broma para alegrar el ambiente, como acostumbraba.
Su salud había sido buena. Tanto que en cierto momento me dijo:
“¡Pero mira qué enfermo estoy yo! ¡Mira si soy un enfermo para que me manden aquí a recuperar la salud!”.
CÓMO VIVIÓ EL 11 DE MARZO DE 1940, DÍA PRECEDENTE AL DE SU MUERTE
En una carta de aquel 11 de marzo, Don Orione informaba:
«Me encuentro en Sanremo desde hace tres días para una breve convalecencia, porque, después de aquel golpe al corazón y cuando ya había vuelto a celebrar la santa Misa, me sobrevino una bronquitis, de la cual comienzo a sentirme libre desde hace pocos días. En realidad habría debido retomar el servicio, pero he venido aquí únicamente para contentar a don Sterpi y a tanta buena gente. Y me he resignado a ello; pero, gracias a Dios, espero poder retomar pronto mi modesto trabajo por la niñez necesitada de fe y de un oficio que dé pan, y por nuestros queridos pobres. No es entre las palmeras de Sanremo donde debo vivir y morir, sino entre los pobres».
El clérigo enfermero Modesto Schiro anotó con precisión en su diario.
LA LEVANTADA a las seis. Rezamos juntos el Ángelus y las oraciones de la mañana, que él mismo dirigió; media hora de meditación sobre el Aparejo para la muerte de San Alfonso; hacia las siete la Santa Misa. También esta mañana fue un poco larga. Su actitud, cada vez más recogida, estaba todavía más absorta que de costumbre en la oración. Yo lo miraba y me impresionaba su hermosa devoción, sencilla, tan profundamente concentrado.
Después de la acción de gracias, desayuno en el locutorio. Comió todavía aquel poco, pero con buen apetito. Luego se puso a trabajar hacia las ocho.
«Hoy es jornada de campaña», me dijo.
Debía, entre otras cosas, enviar un telegrama al Santo Padre. Para su correspondencia me hizo hojear varias veces Los novios de Manzoni y la Divina Comedia de Dante Alighieri. Escribió cartas que, por la atención con que las redactaba, me parecieron muy importantes. Fueron, durante la jornada, 22 o 23. Yo mismo fui a enviarlas al correo.
Como el día anterior, interrumpía de vez en cuando el trabajo para tomarse la cabeza entre las manos, con aquella actitud que me parecía de oración; y no dejaba de adornar las palabras que me dirigía con algún buen pensamiento sobre las cosas de Dios.
A las 12, como de costumbre, el Ángelus; luego el almuerzo en el locutorio. Después la Visita al Santísimo Sacramento en la iglesia. Durante la mañana había recibido también algunas visitas en el locutorio de dos o tres señoras.
Después del almuerzo, el descanso
El clérigo Modesto Schiro tuvo una idea ingeniosa: hacer reparar la sotana gastada de Don Orione, la única que tenía; así se vería obligado a quedarse más tiempo en la cama y no escribir tantas cartas.
«Señor Director —le dije—, descanse un poco. Mientras tanto llevo la sotana a las hermanas para que la remienden…».
Me miró un poco y luego me dijo:
«Escucha, ¿no podrían repararla esta tarde? Ve a preguntarle a las hermanas».
En realidad no fui donde las hermanas. Salí un momento y después de unos diez minutos regresé.
«Las hermanas por la noche están cansadas; el trabajo lo hacen más a gusto durante el día. ¡Deme la sotana después del almuerzo!».
Modesto entra en la habitación para tomar la sotana de Don Orione y llevarla a las hermanas. Don Orione, ya bajo las mantas, al entregársela le dijo:
«Mientras las hermanas reparan el hábito, ve a visitar el santuario de Bussana. Reza, reza. ¡Verás qué hermoso santuario encontrarás!».
«Entre ir y venir habré estado fuera una hora y media —cuenta el buen Modesto—. Al regresar, la sotana todavía no estaba lista. Me la entregaron hacia las cuatro. Pensando que Don Orione dormía, no lo molesté. Luego me di cuenta de que hacía un sonido con la garganta, como quien se aclara la voz: comprendí que era una manera discreta de hacerme entender que esperaba la sotana. Entonces me decidí, llamé a la puerta:
—¿Permiso?
—Un momento —respondió. Y luego—: ¡Adelante!».
Entré; la espera había sido muy breve. Pero enseguida vi que había trabajado; al oír que pedía permiso, había ido a acostarse rápidamente, tanto que una manta se había deslizado hacia un lado hasta el suelo. Sobre la mesa había un buen montón de cartas.
«¡Oh, has llegado!».
Yo tenía la sotana entre las manos. Y viendo que yo miraba aquel montón de cartas sobre la mesa, Don Orione dijo:
«¿Qué miras, curioso?».
«Miro, miro…», balbuceé.
Mis ojos y mi mente estaban dirigidos a aquel montón de cartas; me apenaba pensar que no había descansado.
Poco antes de la cena
Por sugerencia de Padre Pío de Pietrelcina, llegó inesperadamente Don Umberto Terenzi, párroco del santuario del Divino Amor, recibido cordialmente por Don Orione.
También esta fue una jornada serena, concluida con el Rosario habitual y las oraciones de la noche.
DON ORIONE: CÓMO VIVIÓ EL 12 DE MARZO, DÍA DE SU MUERTE
Don Orione transcurrió la jornada del 12 de marzo con mucha tranquilidad, según el horario habitual.
Levantada a las seis; Ángelus, oraciones de la mañana; en la iglesia, meditación, Santa Misa y acción de gracias.
La Santa Misa fue un poco larga, como en los días precedentes. Terminó hacia las 7:30. Luego, al ausentarse el clérigo Modesto, Don Orione se puso a servir la Misa a Don Terenzi. Don Orione estaba de rodillas sobre la grada del altar. El clérigo Modesto, al entrar en la iglesia con la Misa ya avanzada, fue a arrodillarse para sustituirlo.
«Déjalo, déjalo. Sirvo yo», le dijo Don Orione.
«No, no, la sirvo yo…».
«Pero déjalo, déjalo».
«No, por favor, no se canse; vaya al banco».
Cuenta el clérigo Modesto Schiro:
«Don Orione se levantó y fue al banco, con su sobrepelliz, rezando, y permaneció allí hasta el final de la Misa».
Después siguió el desayuno de Don Orione con Don Umberto Terenzi, llegado de Roma la noche anterior, y con Don Enrico Bariani, llegado desde Tortona.
Poco después de las 10, llegó el canónigo Arturo Perduca desde Tortona, Paolo Pedevilla, el conocido benefactor tortonés, y el clérigo argentino Ignacio Merino.
Al mediodía almorzamos. En la mesa estaban Don Orione, Don Perduca, Pedevilla, Don Bariani y yo. La conversación fue agradable. Terminado el almuerzo, todos juntos fuimos a la iglesia para la visita al Santísimo Sacramento.
Ese día no hubo descanso.
Permanecimos juntos hasta cerca de las 16 en el locutorio. Luego Don Perduca, Don Bariani y Pedevilla se despidieron de Don Orione.
A su partida, Don Orione entregó una carta para Don Sterpi:
«Querido Don Sterpi, ¡que el Señor esté siempre con nosotros! Le envío por medio de Don Bariani unas palabras para tranquilizarlo, además de lo que él mismo le dirá. Estoy bien, ya no he vuelto a sentir ninguna molestia: como con apetito y duermo mucho; nunca había dormido tanto, hasta me da vergüenza. Todavía no he salido porque el tiempo no es muy bueno; si mejora, iré a visitar a Mons. Rousset y a Mons. Daffra, y quizá me acerque hasta la Madonna della Costa y al Santuario del Sagrado Corazón, en Bussana».
Don Orione estaba contento.
Durante la jornada del día 12 escribió algunas cartas, pocas, cuatro o cinco, porque conversó mucho con Don Terenzi. Este se despidió entre las 17 y las 18.
Quedando solo, Don Orione terminó el Breviario a intervalos. A las 18, Santo Rosario, Ángelus, etc. Hacia las 19, la cena. Siguieron las oraciones antes de retirarse a su habitación.
Se había retirado hace poco a su habitación, cuando sonó el teléfono. Era el gran oficial Achille Malcovati, que llamaba desde Roma. Don Orione se levantó para ir al aparato. El amigo, sin conocer su situación, le recomendaba a una pobre mujer necesitada de ser acogida en un Pequeño Cottolengo. Don Orione la aceptó, sugiriendo enviarla a Génova.
Don Orione dijo así su último “sí”.
Eran cerca de las 22. Regresó a su habitación.
El clérigo Modesto recuerda que:
«Como yo dormía en una habitación junto a la suya, me di cuenta de que Don Orione escribió todavía un poco».
Escribió a Don Giuseppe Zanocchi, luego a un benefactor:
«Espero poder retomar pronto mi modesto trabajo por la niñez necesitada de fe y de un oficio que dé pan, y por nuestros queridos pobres…».
«Finalmente se acostó, leyendo un poco de su San Francisco —anota Modesto—. Por precaución había dejado, como en los días precedentes, la puerta abierta por si se sentía mal y necesitaba ayuda. Antes de acostarme fui todavía una vez más a verlo para asegurarme de su estado. Me despedí deseándole buenas noches y me respondió:
“Buen descanso. Sea alabado Jesucristo”».
Así comenzó aquella noche.
CÓMO DON ORIONE VIVIÓ LA HORA DE SU MUERTE.
22:45 DEL 12 DE MARZO DE 1940
Don Orione había pasado otra jornada serena en aquel 12 de marzo de 1940, siguiendo el horario habitual con los hermanos: oraciones, comidas, visitas de personas y cartas.
Hacia las 22:00 se había retirado a su habitación y hacía poco que había apagado la luz de su pequeño cuarto.
«Un cuarto de hora después oí una especie de quejido: acudí inmediatamente —relató el clérigo Modesto Schiro—. Eran las 22:30. Don Orione tenía en su cama dos almohadas. Al dormir mantenía la cabeza un poco elevada, por el corazón y la respiración. Cuando se sintió mal, encendió la luz y se incorporó un poco más. El aspecto no era alarmante, pero comprendía que no estaba bien. Tenía la mano izquierda sobre el corazón y con la mano apretaba un poco la camisa en ese lugar.
Le pregunté:
—¿Le pongo una inyección, señor Director?
Y él respondió:
—No, no, espera un poco, ya pasará.
Estaba en la cama, en silencio. Presionaba la mano sobre el corazón; en algunos momentos sentía que apretaba un poco los dientes. Se veía que el mal era fuerte, aunque los signos externos no eran tan notables como en la otra crisis. Yo permanecía allí, observando, sin tocarlo, cada vez más preocupado, para ver cómo evolucionaba la situación. Había visto el otro ataque en Tortona, que había sido mucho más fuerte. Pensaba que también este pasaría.
Así pasaron algunos minutos. Realmente creía que era un malestar pasajero.
Entonces propuse:
—¡Tome al menos algunas gotas de coramina!
—Bien, esas sí.
Se las vertí inmediatamente y entonces las tomó: tres pequeños sorbos, rápidamente, para terminar aquel poco de agua que había en el vaso».
Desde el inicio habían pasado pocos minutos, cerca de un cuarto de hora, desde las 22:30 hasta las 22:45. Viendo que había tomado la coramina y que el mal no disminuía, insistí nuevamente:
—Hagamos también la inyección.
En ese momento hizo un gesto de asentimiento.
—Sí —dijo.
Yo ya tenía todo preparado. Rápidamente le puse la inyección de Resil.
Como tenía dificultad para respirar, lo levanté y puse detrás de su espalda algunas almohadas; luego pensé que sería mejor hacerlo sentar en un sillón junto a la cama. Pero empeoraba.
—¿Quiere que llame a Don Bariani?
—Sí, sí.
Salí y al volver vi a Don Orione dispuesto a bajar de la cama.
—¿Quiere oxígeno?
—Sí.
Mientras, sobre la cama, recibía el oxígeno, llegó Don Bariani.
Entre los dos lo ayudamos a sentarse en el sillón.
Don Orione le susurró:
—Un médico.
Don Bariani salió a buscar un médico.
El sillón estaba al lado opuesto del velador, hacia la ventana. Yo le sostenía el brazo derecho alrededor del hombro, y él apoyaba la cabeza sobre mí; ya estaba muriendo.
Mientras tanto, por el movimiento, también las hermanas se dieron cuenta de que algo grave estaba sucediendo. Sor María Rosaria, la superiora, pensando que podríamos necesitar algo, apareció en la puerta que comunicaba mi habitación con la de Don Orione. Don Orione hizo un gesto con la mano izquierda para detenerla. La hermana salió.
Sudaba. Lo envolví en una manta, con el chal negro sobre los hombros.
Cuando vi que Don Orione estaba realmente muriendo, hice una señal a Sor María Rosaria —a quien veía como una sombra discreta asomarse apenas a la puerta y desaparecer— para que entrara. Ella entró, pero sin hacerse ver por Don Orione, y se colocó detrás de mí, que estaba junto al sillón, rodeando con mi brazo derecho los hombros del moribundo, el cual se abandonaba sobre mi pecho y contra mi rostro.
Don Orione, con los ojos levantados al cielo, susurró:
«Jesús, Jesús», una primera vez;
y nuevamente: «Jesús, Jesús»;
y luego: «Me voy».
Levantó los ojos hacia mí, dirigiéndome una mirada que nunca olvidaré. No había en él ningún signo de turbación, sino una gran serenidad.
Después, por tercera vez, alzando de nuevo los ojos al cielo, sin estertor, sin angustia, repitió:
«Me voy… ¡Jesús! ¡Jesús!»
y reclinó la cabeza sobre mi hombro.
Eran las 22:45 del 12 de marzo de 1940.

